¿Te has preguntado cuál es el origen del universo de tus opiniones? Cada día nos informamos en plataformas que tienen como único objetivo retener nuestra atención, apelar a nuestros miedos e instintos más primitivos.
Odiar a otros y temerle a cosas. Odiar a cosas y temerle a otros. Odiar a otros y temerle a otros.
Nos informamos en plataformas fríamente diseñadas por expertos en matemáticas y ciencias del comportamiento en pos de encontrar la siguiente pieza de contenido que nos mantendrá enganchados el tiempo suficiente para mostrarnos la siguiente pieza de publicidad.
El engagement, como le llama la gente fancy, genera un incentivo que está lejos de ser inocuo. No es solo permitir que me muestren por quincuagésima vez los mejores goles de Ronaldinho Prime (me declaro rehén de estos videos) o que me muestren una prensa hidráulica rompiendo cosas, sino que es dejarnos moldear en términos de opinión.
Es en esa vorágine de contenido que tú no has seleccionado donde muchas veces se forman tus ideas, tus opiniones, tus deseos y tus miedos.
Te querías solo informar sobre los acontecimientos clave para tu país, pero terminas bajo el odio o el miedo hacia determinado grupo de personas. La {extrema A} o la {extrema B}, los X o los Y que dañan el país y nos van a llevar al caos más absoluto; gente inmoral que probablemente le pone salsa BBQ al completo o que le dice aguacate a la palta.
Querías ver las propuestas políticas de los candidatos presidenciales en un debate, pero solo encuentras los hooks virales con frases grandilocuentes donde supuestamente uno de ellos abruma totalmente a su adversario.
“{Político A}, destruye brutaaaaaalllllllmente a {ser malvado B}”, suelen ser los videos que más pueblan las redes sociales posterior a cada debate.
Las ideas ya no tienen valor por sus argumentos subyacentes, sino por su potencial de difusión y viralidad.
El poder político, a sabiendas de esto, ajusta su mensaje a estos nuevos medios, donde lo importante es llegar a tu pantalla; da igual la forma, no estar es igual a no existir.
¿Que tengo que correr como Naruto para performar en determinado suceso socialmente aceptado? Pues afirma mi cartera, muchacho, ¡que allá voy!
¿Que la gente le teme a determinado grupo de migrantes? Pues vamos a lanzar ideas grandilocuentes que luego sean casi inejecutables, ¡qué más da!
Imposibilidad de diálogo
Es en este consumo de ideas cada vez más radicales donde hay un carburante que lo vuelve aún más pernicioso. Consumimos solo lo que refuerza nuestras ideas.
El inmigrante con el nacionalista difícilmente podrán llegar a un punto medio si el inmigrante solo consume contenido de xenofobia y brutalidad policial, en tanto que el nacionalista consume barbaries cometidas por inmigrantes.
Pero para ellos eso es el mundo. Lo que consumen se convierte en su percepción de la realidad: uno de ellos ve un mundo donde la brutalidad policial y la xenofobia son la constante de todos los días y el otro, uno donde la migración es la fuente de todos los males.
Realmente ellos no se odian, pero su visión del mundo hace que solo asignen al otro la etiqueta de enemigo.
“Se espera que hasta el más humilde de los miembros del Partido sea competente, laborioso e incluso inteligente —siempre dentro de límites reducidos, claro está—, pero siempre es preciso que sea un fanático ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua sensación orgiástica de triunfo. En otras palabras, es necesario que ese hombre posea la mentalidad típica de la guerra. No importa que haya o no haya guerra y, ya que no es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o mal. Lo único preciso es que exista un estado de guerra.”
— George Orwell, 1984

